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Áreas de importancia por composición específica de fauna

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Áreas de importancia por composición específica de fauna

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El río Júcar y su mayor afluente el Río Cabriel

Las características morfológicas, edáficas y climáticas de los territorios bañados por los ríos Júcar y Cabriel y por los pequeños cauces de ellos tributarios han permitido a las comunidades humanas aledañas a los mismos crear una estrategia sostenible desde tiempos pretéritos, que se manifiesta en un singular sistema de aprovechamiento del suelo y del agua que se expresa mediante un valiosísimo patrimonio cultural: huertos, azudes, represas, molinos harineros, batanes, puentes, acequias, partidores, lavaderos, fortalezas, ermitas, martinetes, caces, norias, etc.

Un río es un “camino que anda”. Esto lo entendieron bien nuestros antepasados, y lo supieron aprovechar parar trasladarse ellos mismos y para transportar todo tipo de materiales. De esta forma, el Cabriel ha sido históricamente aprovechado para el traslado de maderadas. Muchas crónicas medievales nos hablan de la rica madera de la alta sierra conquense. Nuzba, en su crónica musulmana, nos decía, “... montes donde crecían numerosos pinos que, una vez talados, eran transportados hasta el río Quelatza (Cabriel), cuya aguas arrastraban hacia Cullera y el mar, y desde allí según su tamaño se enviaban a Denia para emplearlos en la construcción de barcos”.

Los ríos son fuente o soporte de elementos intangibles consustanciales de los territorios por los que discurren; son patrimonios de memoria y de identidad de los pueblos ribereños; son sentimientos e historia de sus gentes; y, sin lugar a dudas, ofertas lúdica y de bienestar interior. Sin embargo, en nombre de un progreso cuestionable, hemos llegado a ver en los ríos y en sus aguas exclusivamente un recurso, una mercancía a la que se le pone precio para satisfacer la codicia y el afán especulativo del ser humano. Es a partir de esta concepción del agua como un mero recurso cuando se promueven y ejecutan las grandes alteraciones sobre los ríos, de las que España puede ser uno de los grandes ejemplos a nivel mundial, con sus casi 1.300 grandes embalses, miles de pequeños azudes y miles de kilómetros de grandes canales. Estas alteraciones han supuesto el fin del equilibrio de las relaciones hombre-medio en estos espacios privilegiados. La economía agraria, sostenida en los fértiles huertos de las vegas, donde los cultivos se beneficiaban de las ventajas proporcionadas por el relieve, ha permitido la existencia de una cultura del agua desde tiempos de los romanos, pero sobre todo, desde la llegada de la civilización musulmana, que se vio truncada al inundarse estas zonas con los embalses, poniéndolas en la encrucijada del abandono ante la falta de otras actividades económicas.

De igual modo, la red de comunicaciones quedó cortada, sumiendo a algunas comarcas en un aislamiento que todavía permanece, al tiempo que los puestos de trabajo generados por las nuevas instalaciones fabriles resultaron insuficientes para evitar la sangría demográfica.

El agua no es un bien comercial "como los demás, sino un patrimonio que hay que proteger, defender y tratar como tal".

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